En las aventuras del barón de Münchhausen se cuenta que en una ocasión, durante la guerra contra los turcos, cargó tan larga e incansablemente sobre el enemigo dando mandobles a diestra y siniestra que al final su brazo, pese a que la batalla ya había terminado, seguía involuntaria e inconteniblemente dando sablazos de arriba abajo. No tuvo más remedio que llevar el brazo en cabestrillo una semana para curarse de tan extraño mal de acostumbramiento.
A un amigo mío le pasó algo parecido, aunque peor en las consecuencias pues nunca encontró un cabestrillo adecuado.
Le ocurrió que, al igual que el barón con los turcos, él arremetió con el status y el dinero. Y dedicó su vida a conseguir ambos. Llegó a la conclusión de que no había otra cosa, otro anhelo, otro ideal más importante y trascendente que ése. Y lo consiguió.
Eran tan rápidas y cortas las horas de los días de mi amigo que nunca tuvo minutos disponibles para detenerse a mirar una puesta de sol. Nunca pudo perder tiempo tampoco recostándose en el pasto cuando la primavera enloquece el campo. Nunca pudo quedar en su casa una tarde de lluvia para saborear tortas fritas por él amasadas.
Sí sé que a fin de cada mes mandaba puntuales cheques a la parroquia del barrio, a las Hermanas de Santa Lucía, el SEPIC, al CEMIC y al MISEC, y que les solicitaba recibo para poder así descontarlo de réditos.
Como su vivir era tan agobiante, cuando sólo contaba cuarenta y seis años falleció de un ataque al corazón. Pero como tenía todo bien organizado, inmediatamente llegó su alma al cielo. Allí lo detuvo San Pedro y le requirió la entrada. Entonces mi amigo abrió su carpeta y mostró los recibos de obras de caridad.
San Pedro se los devolvió con frialdad e insistió: "¡La entrada!" Mi amigo le rogó que le aclarara en qué consistía, pues seguramente entre sus bienes debía estar. Y San Pedro se lo dijo. Debía traer: diez sonrisas dadas sin que mediara ningún interés; un libro de cuentos de hadas gastado por él de tanto usarlo; cincuenta tardes perdidas en su hogar sin hacer nada; una prueba de amor hacia su esposa; un trozo de pan dado por él personalmente a un mendigo, y no a través de un sirviente; un dibujo de barcos y piratas y brujas y castillos hecho por sus hijos cuando niños..."
Mi amigo se alejó muy triste de la puerta del cielo, y desde entonces nunca he podido saber dónde se encuentra.
["Mi amigo y su acostumbramiento" de Felipe Justo Cervera, Argentina, resumido.]
|